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14 mayo 2013

El evento de Tunguska

Crónica ¿histórica?

El viernes 15 de febrero del 2013 cayó un cuerpo extraterrestre en los Urales, asombrando a todo el que lo vio, en vivo o en video. Aquel evento cumplió con un patrón estadístico que tiene como media los cien años. En 1908, sin embargo, otro meteoro desencadenó un evento mucho más impactante. Por haber quedado grabado en la historia, aquí lo recordamos. 

El minerólogo Leonard Kulik y la tribu nómade del valle de Tunguska.





















En medio de la árida estepa siberiana, los pasajeros del recientemente inaugurado ferrocarril Transiberiano dormitan en sus asientos, tras cuatro días de viaje desde el punto más occidental de la Rusia zarista hacia el corazón del Asia. Dan las siete de la mañana. La extraña calidez de aquel junio baña la helada tundra, mientras que en sus cabezas aun persiste la sensación de convulsión y desconcierto que reina en el país desde la primera rebelión contra el régimen desatada tres años atrás. Para su tranquilidad, las noticias de lo que ocurre en Moscú casi no llegan a aquella septentrional porción de Tierra.

O eso es lo que ellos creen. 


Hace varias horas que el paisaje transcurre idéntico frente a sus ojos. Desaparece y se reemplaza por más de lo mismo en sus ventanas. Pero de pronto, un destello corta la monótona paz del cielo sobre los vagones del tren. Horrorizados, los pasajeros ven pasar una gran bola de fuego que transita casi paralela al suelo. La tierra tiembla al paso de aquel cuerpo. El maquinista, desconcertado y con miedo de que las vibraciones descarrilen el convoy, tira del freno con todas sus fuerzas. La locomotora se detiene. Los pasajeros giran en la dirección hacia la que apunta la estela en la bóveda matutina y piensan en Moscú. Temblorosos, imaginan que lo que acaba de ocurrir es un castigo divino para sus sediciosos pecados.


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La oscuridad reina en los alrededores de una estación barográfica del Reino Unido. Hace quince minutos que el reloj anunció el paso de una nueva hora en la madrugada de aquel 30 de junio. Una noche como cualquier otra en la flemática Inglaterra. Pero de pronto, el barógrafo empieza a imprimir señales inusuales. Aunque no hay nadie para leerlas en ese momento, empiezan a reflejarse fluctuaciones extrañas en la presión atmosférica. 


El aumento en los niveles registrados por el barómetro está siendo causando por la compresión del aire al chocar con un cuerpo. Eso significa un aumento de temperatura que causa una incandescencia. Una luz que enciende los cielos. Lo extraño es que esos cielos no se ven desde la oscuridad que rodea a la estación barográfica. Esos cielos están miles de kilómetros al Este, en una árida tundra que nunca pensaron registrar en esa oficina.


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Vanavara es el único cúmulo poblacional en cientos de kilómetros a la redonda. Con 3,000 habitantes, se alza como un pujante centro de comercio de pieles. Un pueblo hecho para hombres y mujeres que no le temen al frío ni a la soledad. Y a pesar de haber soportado inviernos con 40 grados bajo cero, cuando aquel destello de luz que brilla más que el sol pasa sobre sus cabezas, los residentes de Vanavara se dan cuenta que no están preparados para un evento como ese. 


Sentado en la escalera de su casa, precaria como el resto de construcciones del pueblo, el señor Vlasov ve pasar la bola de fuego y comprende –sin saber nada sobre meteoritos– que algo malo está por ocurrir. Segundos después se produce la explosión. Una fuerza descomunal lo lanza por los aires mientras intenta ponerse a cubierto. A pocos metros de ahí, un hombre se apoya en el borde del balcón de un establecimiento comercial que luce vacío aquella mañana. Cuando ocurre el impacto, la onda de calor que llega desde el norte es tan fuerte que lo hace sentir en el mismísimo infierno. Como si, por un momento, su avejentada camisa estuviera en llamas sin estarlo realmente. 

“De pronto, el cielo se partió en dos y, sobre el bosque, toda la parte norte del firmamento parecía cubierta por fuego. En ese momento, hubo un estallido y un gran estrépito. Al estrépito lo siguió un sonido como de piedras que caían desde el cielo o de pistolas que disparaban. La tierra tembló”, recordaría muchos años después el hombre de la camisa.

El 30 de junio de 1908 no fue un día cualquiera para los pobladores de Vanavara. Tampoco lo fue para los cientos de millones de personas que vieron brillar el firmamento en las noches posteriores. Hasta los rincones más alejados de Europa llegó aquel brillo, que permitía leer el periódico a medianoche sin luces artificiales. Ello fue posible por las densas nubes de polvo que reflejaban la luz solar detrás del horizonte. Eran nubes extrañas. Eran nubes de explosión.



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Lo ocurrido esa mañana en el valle del río Tunguska no pudo ser investigado hasta 1921. El régimen zarista prefirió dejarlo como una advertencia divina, un castigo a la rebelión comunista. Recién bajo el mandato de Vladimir Lenin, el minerólogo Leonid Kulik pudo encabezar una expedición al epicentro de la explosión, auspiciado por la Academia Soviética de Ciencias. Pero no sería hasta 1927 que lograría concretar un avance tangible en el esclarecimiento de lo que ha pasado a la fama como “el evento de Tunguska”.

A solo 64 kilómetros de Vanavara, cientos al Norte de la ruta del Transiberiano y miles al Este de la estación barográfica del Reino Unido, en una región árida y despoblada, un cuerpo extraterrestre en llamas había atravesado los cielos y generado una explosión de enormes magnitudes. Las interrogantes a resolver para Kulik eran dónde y cómo. Sin embargo, la mayoría de testigos presenciales del hecho pertenecían a la tribu nómade de Tungus, de origen mongol y dedicada al pastoreo de renos. Para ellos, la explosión había sido una maldición lanzada por una tribu rival, consideraban el lugar del suceso una tierra prohibida y se rehusaban a hablar del tema.

Kulik logró recabar pocos testimonios, entre ellos el del hombre del establecimiento comercial. Pero lo que realmente lo ayudó a llegar fueron los árboles. Dos mil cien kilómetros cuadrados alrededor del lugar del impacto estaban cubiertos por árboles partidos, tumbados en un patrón radial que se oponía a la explosión. Eran flechas naturales. “No me puedo imaginar realmente toda la grandiosidad de esta caída excepcional. Desde nuestro punto de observación, no se ven síntomas de bosque; todo está derribado y quemado alrededor. A esta área muerta se aproxima un bosque joven de 20 años. Da miedo ver a estos gigantes de 80 centímetros de diámetro quebrados por la mitad como si fueran cañas”, escribiría luego en sus memorias.

Pero el panorama en las proximidades del epicentro era todavía más devastador. Tal cual postes de teléfono, los troncos de los árboles se erguían completamente pelados, sin una sola rama que los adorne. Este fenómeno se produce por la acción de ondas expansivas de movimiento rápido, capaces de romper las ramas de un árbol antes de que puedan transferir el impulso al resto del tronco. 
Treinta y siete años después, el ser humano volvería a presenciar el fenómeno de los árboles pelados. Fue en Hiroshima, Japón, al final de una guerra mundial. Una guerra en la que murió Kulik, luchando contra los nazis en el Ejército Rojo. Una guerra en la que, además, se desarrollaron armas que darían nombre a aquella combinación de nubes densas y brillo en el firmamento: invierno nuclear.


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Muchos científicos siguieron los pasos de Kulik. Hoy, la hipótesis más aceptada sobre lo que sucedió en el valle del río Tunguska indica que un cuerpo de unos ochenta metros de diámetro penetró en la atmósfera a 22 km/s y con una inclinación de treinta grados sobre el horizonte. Las primeras explosiones ocurrieron antes de tocar tierra, por la fuerte presión atmosférica. Fueron dos, en línea recta y a poca distancia, lo que generó un área de devastación que tenía la forma de alas de mariposa. La porción restante del cuerpo impactó el suelo y dejó un pequeño cráter –pequeño en términos espaciales– que con el tiempo se fue llenando con agua de lluvias y formó el lago Cheko.

La energía liberada por el meteoro de Tunguska fue de treinta megatones. En Hiroshima, la de la bomba atómica que destrozó la ciudad equivalía a 0,015 megatones. Si el valle de Tunguska hubiera sido un centro densamente poblado, hoy estaríamos rememorando una masacre nunca antes vista. ¿Cada cuánto tiempo se espera que ocurran ingresos de cuerpos con dimensiones similares a la atmósfera terrestre? Una media de cien años. Lo ocurrido en los Urales el viernes 15 de febrero del 2013 cumplió el patrón estadístico. Sin embargo, no logró superar al evento de Tunguska, que aun ostenta el tope del podio de meteoros en el último siglo y medio. “Si se desea iniciar una conversación con alguien dentro del ambiente de los asteroides, lo único que se debe mencionar es Tunguska”, cuenta Don Yeomans, director de la Oficina de Objetos Cercanos a la Tierra (NEO), del Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA. No tendría por qué ser de otra manera.

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