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27 julio 2013

Dime, tú te crees un rebelde o algo así

Crónica.

Foto: AméricaTV


Corro. El griterío es un runrún. Las sombras se difuminan en el humo. No puedo respirar porque me arde la garganta, la nariz, la cara, me arden los ojos. Todo me arde. Corro. Cientos corren junto a mí. Empapo por enésima vez el polo con un chorro de vinagre tinto y respiro profundo. Nada. Los cientos siguen corriendo, yo empiezo a ahogarme. Paro en una esquina, creo que es Cuzco. Pero qué voy a saber, si vengo al Centro tanto como voy a misa. Me ahogo de verdad, me arde respirar. Toso. Boto mocos, lágrimas. Me pongo de cuclillas. Alguien grita que eso es lo que quieren, que corramos. No me digas carajo, pensé que tiraban las bombas para propiciar un mejor ambiente para el diálogo. Boto todos los fluidos que puedo al piso y recupero el aire. Corro.

Entro por lo que creo que es Cuzco y corro. Parece que han parado. Busco a dos de mis amigos que no se dispersaron. También están mal. El aire se va limpiando y nos rociamos lo último que queda del vinagre en la cara. Después agua. No te eches agua huevón, es peor, me dice alguien. Ya sé, pero algo me tengo que echar que arde como mierda. El agua parece surtir efecto porque el vinagre ya ha estabilizado el ph. No sé de química. Mis sentidos vuelven a percibir. Miro a mi alrededor. Una chica está sentada en medio de la pista, llorando. Tendrá mi edad. Le ofrecen ayuda y la rechaza. Veo que un chico se limpia las lágrimas y exprimo lo último de la botella de vinagre en la manga de su chompa. Miro hacia atrás. Un fotógrafo está encaramado sobre un barandal capturando la escena. Quizás la mía, quizás la de la otra calle. Seguro es la de la otra calle.

Y suena la detonación. Ya no desde Abancay, sino desde el mismo Cuzco. Nos han cercado. La gente se precipita hacia Lampa. Veo la nariz del Pinochito asomarse, veo los escudos transparentes avanzar, bravucones. Veo la parábola de humo. Me agarro a mis amigos y corro. Corremos. La puta madre, que habrá pasado con la chica de la pista. Un carro, qué hace ahí, acelera a fondo y casi me agarra la pierna. Una lacrimógena cae justo a mi derecha. Alguien la patea y pasa delante de mí. Sigo corriendo, intercalando miradas hacia atrás. Ellos siguen avanzando, siguen tirándolas. Otra bomba cae dos metros a mi izquierda. Corro más rápido. De nuevo el runrún, el golpe de mis pisadas, el ardor en la garganta, la asfixia. Pero no paro, ellos no paran. ¡Corro, corro! Corro libre, eufórico, me siento bien. Escucho el canto y me uno. Vamos pueblo, carajo, el pueblo no se rinde, carajo. Corro y canto y me asfixio y me siento bien…

La marcha para mí había comenzado temprano. A las cuatro de la tarde llegué a mi universidad para unirme al resto de alumnos que había respondido al llamado de la FEPUC, la Federación de Estudiantes de la PUCP. Esa es mi universidad. Pago la pensión más alta. Como menú, no básico. Llego en carro. Tomé combi muchos años de mi vida, pero ahora solo lo hago para ir al estadio, aunque ya ni eso. Estudié la primaria en un colegio de Miraflores y la secundaria en uno de Chacarilla. Ambos religiosos. Veraneo en el sur. Tengo un trabajo porque, bueno, hay que tenerlo, pero en realidad me mantienen mis papás, pagan mi comida, los servicios, la gasolina de mi carro. Yo ahorro mi dinero o lo gasto en libros, muchos libros. Esta es mi primera marcha de reclamo de algo. Ah, y sí, me importa una mierda lo que signifique para la gente todo lo anterior: hoy quería marchar.

Entiendo que el 95% de personas que conocí antes de terminar la secundaria no se haya enterado que han elegido a los miembros del TC, del BCR y a la Defensora del Pueblo, ni les interese. Bueno, miento, el 95% no sabe que existe una Defensoría del Pueblo, ni para qué chucha sirve. Las instituciones son esas cosas que los jugadores de fútbol dicen que van a defender los colores de. Marchan los rojos, los terrucos. La democracia es algo que se da por sentado, existe porque dicen que existe. Si alguien los va a defender algún día frente al Estado, ese va a ser papá o su dinero. De puta madre es la vida. Eso lo entiendo por conocimiento de causa y goce consentido. Como dije, es mi primera marcha de las de verdad. Y no me interesa.

La convocatoria me llegó por facebook. La revisé en mi smartphone con pantalla táctil. Era una foto recontra ‘trendy’ de Claudia Cisneros con un filtro de instagram bajo el hashtag #TomaLaCalle. Ya lo había visto antes, es una copia de manifestaciones convocadas en otros países, con otros ciudadanos indignados enmascarados a lo Anónimus, una franquicia. Y qué chucha, pensé, igual salgo; si tengo algo que reclamar, en lo último que me voy a fijar es si le han pasado un filtro a la propaganda para salir a hacerlo. Y sí pues, había algo que reclamar: por mí, por todos, por nosotros peruanos. Porque puede que haya cosas que estén mal desde cierto punto de vista, pero hay otras que no admiten discusión, porque todos sabemos cuándo nos están cagando y a propósito; todos sabemos a qué huele la mierda, aunque a veces la aspiramos en silencio. Porque ya estuvo bueno de que el Congreso haga lo que le pega la gana, porque tienen todo el derecho de ser mierda, pero sin nuestra plata ni nuestros votos, nuestra confianza. Y si encima nos van a perjudicar quitándonos esas instancias en las que, al menos, tenemos la esperanza de defendernos de ellos, al menos, a veces y, al menos, en teoría, como si se tratara de partir la torta -a ti que estás más gordo te doy más, a ti que estás flaquito, un poquito menos, a ti no te doy nada para joderte y para ellos, los de afuera, las sobras-, se equivocaron.

De la Católica salimos pasadas las cinco. Éramos alrededor de cien, caminamos por Universitaria y Colonial lanzando arengas: Congreso Nacional, vergüenza nacional. Debe haber sido pintoresco, estrafalario. Estaba claro que no íbamos a llegar caminando por lo que, en algún punto del trayecto, subimos a varias combis y nos encontramos en la Plaza Dos de Mayo al amparo del atardecer, gris como la ciudad. Tomamos un carril y enfilamos hacia la Plaza San Martín. Entonces las cosas comenzaron a hacer sentido. Las luces de los faroles empezaban a alumbrar la noche insípida, mientras la acústica de esas calles angostas y rodeadas de edificios altos maximizaba nuestros gritos. Esa debe ser la gracia por la que siempre marchan en el Centro, pensé, no que la mayoría de instituciones públicas tengan su sede ahí, sino la acústica. Llegamos a la plaza del libertador pasadas las seis y media, la mitad estaba colmada de gente. Arengamos para presentarnos y nos aplaudieron. Sacaron sus cámaras y nos filmaron.

Decidí ir a dar una vuelta con un amigo, mientras lo dirigentes estudiantiles posaban para los periodistas con la banderola de la FEPUC. La otra mitad de la plaza estaba semi-vacía. Divisé a Rosa María Palacios, bien fashion ella, tomándose fotos con una dudosa sonrisa de ánimo. No sabía hacia dónde quedaba el Congreso, así que le pedí a mi amigo que lo busque en su celular. Sí, así de mal. Nos ubicamos y seguimos. Hacia la derecha estaban las banderas de Tierra y Libertad, Izquierda Estudiantil, los apristas, los NoaKeikistas (Nakers), los NoaAlanistas, los NoaToledistas, el MHOL, el Partido Comunista, el MAS, y más; me molestó, me molestó mucho. Para mí esto era una indignación ciudadana sin bandera, iluso yo, iluso. Soy parte de ese grupo de gente que mata a la política porque la cree ya muerta por putrefacción, al menos la nuestra. En fin, terminamos la vuelta.

El monumento que había estado colmado de fotógrafos de pronto se había llenado de personas con sus respectivas banderas partidarias. Todos posaban para la foto. Arriba, San Martín se mantenía impávido, silencioso, a lomo de corcel. Alguien anunció que íbamos a empezar a movernos y las banderas avanzaron. Luego la masa. Nosotros. Una amiga ensayó una consigna que me emocionó: Perú, te quiero, por eso te defiendo. La gente salió de la plaza cantándola. Doblamos hacia la derecha por Wilson. La culebra humana trataba de respetar hasta los semáforos en rojo, nadie parecía estar haciendo pintas o rompiendo lunas. Éramos unos manifestantes modelo. No sé si eso es bueno. Igual la gente se asustó y comenzó a cerrar sus negocios. Nos veían tras las rejas: asientos privilegiados para la función. Nosotros caminábamos hacia el clímax de la tragedia. Cosito se jodió, el pueblo ya salió. Y felices, impetuosos.

Rozamos el Óvalo Grau y bordeamos la Vía Expresa del Paseo de la República. Ocupábamos toda la pista. ¿A dónde vamos?, pregunté. Al Kennedy, coordinadora ppkausa, me informaron. ¿Al Kennedy? No hay forma. Avanzamos unas cuadras. La manifestación se fue haciendo más grande. En algún momento la corriente dio un giro brusco, de nuevo a la derecha, como cerrando el círculo. Volvíamos. ¿Al Congreso? Sí, al Congreso. Los líderes que acordaron no ir se habían desentendido. Yo encantado. En realidad, quería ir. Quería ver si nos reprimían, quizás hasta quería que lo hagan para gritarles lo mierda que son. Nunca había olido el gas lacrimógeno.

De pronto, un grupo comenzó a lanzar arengas diferentes. Y va a caer, y va a caer, el presidente va a caer. Alguien empezó a acusar al neoliberalismo, a pedir el cierre del Congreso. La Gran Transformación, la misma traición. Cómo, ¿no estábamos acá para defender una institucionalidad sólida que nos de tranquilidad? ¿Qué tenía que hacer el neoliberalismo con la ética congresal, por qué siempre le echan la culpa de todo? Otra vez me molestó. Iluso yo, iluso.

Seguimos caminando de regreso a la Plaza San Martín. Ya éramos un mar de gente, me subí a una berma y no vi ni el comienzo, ni el final de la marcha. Mis amigos y yo comenzamos a trotar. Gritábamos, la calle era nuestra, la noche era nuestra. Al menos ahí sí lo era. Los conductores esperaban resignados, ya ni tocaban la bocina. Ocupábamos todo un sentido de la pista y nadie tocaba los carros. Nadie violentaba nada. A ver, a ver, a ver, quién lleva la batuta, el pueblo organizado o el gobierno hijo de puta. La calle era nuestra, la calle era nuestra. Llegamos a la San Martín casi con el doble de personas, lo puedo jurar. La masa cruzó la explanada casi sin detenerse, en dirección a Abancay. Al Congreso.

Levanté la vista y vi un cerco policial. Se lo comenté a un amigo pero estaba demasiado metido en el momento para darse cuenta. Y cómo no. Tomamos otra calle, siempre con dirección a Abancay, llegamos al frontis del Ministerio Público y chocamos con otro cerco. Abancay, entre Cuzco y Miró Quesada. No a la repartija, no a la repartija. Me acerqué a los policías, siempre fastidiados, chibolos babosos jugando al revolucionario, haciéndome trabajar horas extra. Atrás había otro cordón policial, la retaguardia. Una señora quería cruzar, según decía, hacia su vivienda. Un policía le respondió de mala manera. Ella se quejó con acento serrano. No joda pues señora, le dijo el policía. Al centro se erguía la tanqueta rochabus, Pinochito. Los agentes lo circundaban como a una deidad.

Esperamos cinco minutos, diez. Sonó una sirena, larga y aguda. Aparecieron las expresiones de susto. ¡Juntos, juntos!, gritó un amigo. Corrimos. Conté cinco bombas. Retrocedimos. ¡Juntos! Por primera vez sentí ese picante. Las bombas lacrimógenas están prohibidas en la guerra, su uso viola la Convención sobre Armas Químicas de Ginebra. Pero esto no es una guerra; una guerra implica que ambos bandos realicen ataques. 


Nos embadurnamos en vinagre. Nos reagrupamos y regresamos a nuestra posición anterior. No somos delincuentes, somos estudiantes. De pronto, vi una cara conocida a mi costado, una cara de set de televisión. Jason Day pedía silencio, inexpresivo como siempre, pero nadie parecía oírlo. Ya no había humo. Silencio, silencio todos. Empezó una melodía conocida. Somos libres, seámoslo siempre, seámoslo siempre, seámoslo siempre. Mano al pecho. Ahí está carajo, no solo lo cantamos en los estadios o en fiestas patrias. La calle era nuestra.

Me trepé a la reja del Ministerio Público junto a dos amigos para ver mejor lo que pasaba con la multitud. Jason Day había desaparecido, de pronto. La multitud esperaba en calma. En una intersección de Abancay, varios círculos concéntricos de manifestantes bailaban al compás de un ritmo juguetón, peruano. Bailar, la mayor expresión de dominio sobre uno mismo y sobre el espacio. La calma previa a la tormenta. Giré la cabeza. Vi a los apristas y a los comunistas discutir entre sí. Primeras nubes de chubasco. Empezaron los jaleos, los empujones. La gente normal comenzó a arengar contra la politización de la marcha. Aprista, escucha, esta no es tu lucha. Minutos después, los empellones llegaron hasta el cerco policial. 
La lucha es del pueblo, y no de los partidos. Ya se jodió todo, pensé, trepado en la reja del Ministerio Público. Nubarrones, viento acelerado. 

Saqué mi smartphone y le pedí a un amigo que me cubriera por si alguien me lo arranchaba desde atrás. Dudosa posibilidad, pero en fin, ahora uno siempre anda pensando que le van a robar, aunque hayan 200 policías en frente. Recuerdo que antes no era así. Puse la cámara y apreté el botón. Comenzó a grabar, carajo. Me concentré en encontrar la opción de fotos. La encontré. Tomé una, dos. El peor encuadre de mi vida, no mostraban nada. Otra más... me empiné sobre las rejas para captar la disputa. De pronto, la gente empezó a moverse en mi dirección. Sonó la sirena. Las sirenas nunca anuncian algo bueno. Escuché algunos gritos. Tempestad. La gente que estaba en la reja comenzó a descolgarse. Me solté. Uno de mis amigos cayó a mi lado, golpeándome la cabeza y el ojo izquierdo. La gente ya estaba corriendo. Cayeron las bombas, ese gas tenía algo, además de lacrimógeno parecía gas pimienta. El Pinochito salió de su etéreo reposo y comenzó a avanzar, soberbio.

Ya me cansé, dispérsenlos, debe haber dicho Luis Praelli, jefe de la Región Policial Lima. Después les echaría la culpa a los infiltrados. Infiltrados violentos, siempre son los infiltrados. Al final, es su chamba pues, pensaba, estamos bloqueando una avenida y es su chamba. Es su chamba defender a los ciudadanos, es su chamba. Hijos de puta, hijos de puta, hijos de puta. Me recuperé del golpe y empecé a correr al ritmo de la masa. Éramos masa.

Entré a Cuzco, el humo, las bombas, el agua, la chica en la pista, el ardor, la asfixia, más bombas. Ahora corro. Corro y me siento bien. Vamos pueblo, carajo, el pueblo no se rinde, carajo. Siguen tirando las bombas. Carajo, sal, sal. Veo los buses del Metropolitano al final de la siguiente cuadra. No pueden tirarlas contra el Metropolitano, pienso. Volteo. El agente sigue con el cañón hacia arriba. Corre, puta madre, corre. Libres, orgullosos. Doblamos a la derecha en Carabaya para alejarnos de la persecución. Recuperamos el aire. Nuestra lucha es justa, nada nos asusta. Tomamos Miró Quesada. Tras las rejas del Convento de La Merced los fieles nos miran extasiados. La garganta me arde como los mil infiernos. Me limpio las lágrimas. Una fila de carros aguarda temerosa, la multitud ha inundado la calle. Se escuchan las últimas detonaciones. Ha pasado, ya pasó.

Entramos al Jirón de la Unión, algunos negocios están cerrando. Espero unos minutos para llamar al resto del grupo que se ha dispersado. ¿Dónde están? Llegando a la Plaza San Martín, ahí se han reagrupado los manifestantes. ¿Todos bien? Sí, tranquilo. Enrumbamos para allá. Hay gente de mi universidad en la comisaría, los dirigentes ya se están ocupando de ellos. Tomamos un taxi hasta la Católica. Saco mi carro, manejo a mi casa. Subo las escaleras y saludo a mi papá. ¿Has visto?, me dice, han anunciado que vuelven todo a foja cero. ¿Foja cero? Qué horrible suena eso, pienso.

Foja cero. Todo a cero. Se anuló la repartija. Ya no hay Defensora del Pueblo partidarizada y con pasado cuestionable, dicen que va a dar un paso al costado por lealtad a su partido. Ya no hay magistrados del Tribunal Constitucional politizados o –valga la redundancia– con pasado cuestionable. Ya no huele tanto a mierda, ahora huele a pichi, porque se mearon, se mearon de miedo los congresistas. Ganamos. Prendo la ducha. Mientras calienta el agua, reviso el facebook. Una actualización de estado: listas para aura el jueves, inbox! Una foto de un pan flauta a medio comer: enchanchándome en La Baguette, San Isidro, Lima. Está bien, de verdad que sí. Prendo la televisión. Sandra Plevisani preparando postres. Cambio. El resumen de la fecha del torneo local. Cambio. Jóvenes ensayan nuevo baile al estilo zombi, véalo en nuestra sección Miscelánea. Vuelvo al facebook. Un post sobre la marcha de Prohibido para Caviares dice que hemos sido utilizados por los rojos mientras los ‘caviarines’ de Jason Day y Claudia Cisneros tuiteaban lejos de la acción. El hashtag era #LosCaviaresNoMeRepresentan. Ladran, Sancho, ladran. Muestran los dientes, agitan sus cadenas. Ladran.

Me meto a la ducha. El agua caliente es como un bálsamo. Hago gárgaras para desinflamar la garganta. Siento cómo el olor a humo y a vinagre se evapora poco a poco. Cierro los ojos y dejo que el agua me acaricie la cara. Mis poros se abren. Escudos, el humo bajo la luz de los faroles en las calles angostas de edificios altos. Listas al inbox. Banderas, gente que camina en la pista gritando que quiere a su patria. Enchanchándome en La Baguette. La sirena, el Pinochito que avanza altivo, pedante, secundado por sus vasallos de negro. Caviarines, tontos útiles, infantiles. La chica en la pista, el vinagre en mi nariz, el himno nacional. Vamos pueblo, carajo. Foja cero, inbox, caviarines, La Baguette, los apristas, tontos útiles, repartija, gas pimienta, el torneo de fútbol, la mierda. Me siento bien. Agotado, pero bien. 

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