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27 enero 2016

Clímaco Basombrío: Más vale tarde que nunca

Crónica. 


Han pasado 14 años de los 20 a los que Clímaco Basombrío fue condenado por destrozar a martillazos el cráneo de una adolescente y dejar en coma a una empleada del hogar. Cuando se conocieron los hechos, el país quedó asombrado por la brutalidad de un crimen que parecía haberse cometido en el estrato social equivocado. ¿Por qué se convirtió en asesino un chico que había decidido acompañar todos los domingos el cuerpo de Cristo hasta el altar?


Clímaco, gente como tú no se olvida. Lo sabe ya Ida Merino Alburqueque, la empleada cuyos sesos yacen regados por el suelo del departamento de la familia Brenes Hague, en un edificio de Surco. Y está a punto de saberlo Alexandra Brenes, de 16 años, que baja las escaleras iluminada por los últimos rayos de sol de esa tarde de sábado. El martillo, aún caliente, lo tiene él escondido debajo del polo. Ha intentado enjuagarse, pero los chorros de sangre de la cabeza de Ida salpicaron por todos lados, ensuciándolo sin remedio.

¿Qué pasó? de fondo suenan los acordes de una canción de rock tocada en la azotea.

Nada. La empleada se cayó de las escaleras. 

¿Ida? grita ella. La música se intensifica ¿Ida?

Alexandra, no pasa nada…

¡Sebastián! se desespera ¡Sebastián!

El primer martillazo le cae sobre la nuca. Después, varios golpes de puño en la boca para que se calle. Las notas se encienden en el piso de arriba. El martillo se hunde en el cráneo de Alexandra. Gritos, rock. Algo quema en su interior. 
La arrastra hasta la habitación mientras le sigue dando de martillazos. Allí la cubre con una almohada y sus gritos se ahogan. Sólo se oye el ritmo frenético de la música. El martillo sube y baja; quiebra. Diez, veinte, treinta, cuarenta. Cuarenta y cuatro martillazos. Los huesos de la cabeza de Alexandra se mezclan con su masa encefálica. Convulsiona. Él la ve y no hace nada. No siente nada. 

Lo único que le importa es que ella ahora también lo sabe. Y lo sabrán pronto Sebastián Brenes y Carlos Lescano. Lo sabrán todos. Como lo supo aquel visionario compañero suyo hace sólo un año, cuando terminó de escribirle la reseña para el anuario de la promoción LVIII del Colegio Santa María. Ese chico no eligió desearle suerte, ni decirle que le iba a ir bien en la vida. Tampoco quiso poner que lo iba a extrañar. No. En cambio, eligió siete palabras inocentemente premonitorias: Clímaco, gente como tú no se olvida.


***

Matar es romper un tabú. Todos los asesinos del mundo comparten esa sustancia; fueron capaces de cruzar esa línea. Pero aún entre homicidas, el dinero separa y define. Por ejemplo, ningún medio publicó el nombre del colegio que Alexander Manuel Pérez Gutiérrez, alias ‘Gringasho’, tuvo que dejar a los 15 años para ser internado en un centro de rehabilitación de menores en Trujillo. La historia de Gringasho era la de un adolescente sin dinero que mata para conseguirlo. Una historia coherente. La de Clímaco, en cambio, era la encarnación morbosa de la ironía. Los ricos también matan. Una sátira que el Trome retrató a toda portada: ‘Pituco revienta Natacha’.

Tras el asesinato del 7 de julio del 2001, de Clímaco Basombrío se supo dos cosas: que el instrumento que usó para destrozar a sus víctimas fue un martillo y que acababa de egresar de un colegio de gente con dinero. En el corazón de Chacarilla del Estanque, el Colegio Santa María Marianistas ocupa 20 hectáreas de terreno arbolado entre la Avenida La Floresta y el Centro Comercial Caminos del Inca: grandes extensiones de verde interrumpidas por pabellones de aulas multimedia, canchas deportivas de medidas oficiales, laboratorios, coliseo, auditorio y una piscina semiolímpica. S/.1,800 soles de pensión mensual a la fecha. Todos los que han estudiado en sus aulas son hombres. Clímaco fue 
por ocho años uno de ellos. Ocho, porque repitió cuarto de media. 

Había crecido en una casa de 1,200 metros cuadrados en el corazón de San Isidro. Su padre, el ‘Gordo’ Basombrío, había sido el ídolo de su infancia. Juan Clímaco se llamaba, igual que él. Pero un día, cuando tenía 11 años, ataviado en su camisita blanca y su short negro de primaria, el pequeño Clímaco se enteró que su viejo se había muerto de un infarto. Y desde entonces todo cambió en su casa, empezando por la situación económica de la familia. Él, sin embargo, se siguió apellidando Basombrío Pendavis, en un círculo en el que los apellidos
todavía hacen que algunas cosas sean más fáciles. 

Por asesinar a una chica de 16 años y dejar en coma a una empleada del hogar, Clímaco fue condenado a pasar 20 años en Lurigancho, un penal-ciudad: sobrepoblado, hacinado, mugriento y sin ley. Un lugar para asesinos pobres, no para él. Pero resultó que 
como ocurría afuera en Lurigancho el dinero y la fuerza significaban comodidad y protección. Y los apellidos, al menos, le aseguraban dinero. 

En un reportaje de Caretas realizado 12 días después del crimen, Clímaco aparece alojado en el sector de Mantenimiento de la cárcel, esperando su juicio bajo el manto protector del ‘taita’ del pabellón 15, Miguel de Osma Berckemeyer. Lo importante de ‘Miguelón’ no era que estaba ahí por asesinar a su vecino de la Encantada de Villa, Juan Succar Hampton, sino que se apellidaba De Osma y Berckemeyer. Y que, por ende, tenía ambos: fuerza y dinero. Sobre todo lo segundo. Según fuentes de Caretas, almorzaba todos los días con el alcaide y financiaba obras como el resembrado de los jardines de la entrada del penal.

Solidaridad de clase: Juan Clímaco Basombrío Pendavis compartía habitación con Miguel de Osma Berckemeyer. Del Colegio Santa María al Penal de Lurigancho 
debe haber pensado, en todos lados hay gente de nivel. Un profesor contaría 14 años después, casi susurrando, que el colegio se encargó de pagar cupos para la protección de Clímaco dentro de la prisión en los años que siguieron. 


***

A Clímaco se le murió papá de un infarto a los 11 años. Duro, difícil. Un evento, sin dudas, traumático. En el colegio le llamarían una prueba de dios. Allí a dios se lo inocula por los poros. Y cuando no es dios, es la Virgen María, la imagen predilecta de la congregación Marianista. Misas por todo; de lunes, de viernes, de celebración, de congoja, de apertura y de cierre. Clímaco buscó en la religión las respuestas a un evento fortuito y terminó convirtiendo a Eduardo Rodríguez, el capellán del colegio, en su confesor. La figura paterna que le faltó durante años. Cuando Rodríguez se enteró de los 44 martillazos de su alumno, sufrió un infarto que lo mandó al hospital. Justo igual que papá. El cura no murió, pero padeció un severo cuadro de depresión por largo tiempo.

Clímaco estuvo metido de lleno en la actividad pastoral del Santa María. Era misionero, catequista y acólito. Llevaba ayuda a los niños pobres de la selva, consejería espiritual a los futuros confirmados y acompañaba de cerca al cuerpo de Cristo durante las celebraciones religiosas. Incluso fue parte de la comitiva peruana que viajó a Roma para la beatificación de Guillermo José Chaminade, el fundador de la congregación Marianista. Era lo que cualquier redactor holgazán describiría como ‘el chico bien’ que fue poseído por el demonio.

Y es que esa opción es mucho más fácil. La otra significa tomarse el trabajo de desmentir el perfil institucional que los colegios católicos han creado sobre sus alumnos. Implica, por ejemplo, aceptar que los chicos del Santa María también se drogan. En una entrevista con Caretas, Sebastián Brenes dijo haber fumado marihuana la noche anterior al asesinato de su hermana. El examen toxicológico practicado a Clímaco 
siempre según Caretas anunciaba cocaína. Él negó haberla consumido de manera consciente y la usó como justificación para sus actos. 

La única forma de explicar mi comportamiento es que, por hacerme una broma, pusieron coca en la Inca Kola dijo durante su juicio oral. Yo me he metido tiros en el penal, pero de coca pateada, la que ellos me dieron debió ser purísima.

Mentira le respondió el juez. Todo el mundo sabe que en el penal al que trae coca impura lo matan. 

Bueno, usted la habrá probado sentenció él, desafiante. 

Quienes cubrieron el caso tejieron casi tantas hipótesis como los golpes de martillo que dio Clímaco. Unos dijeron que estaba secretamente enamorado de la hermana de Sebastián y que la mató porque no le hacía caso. Otros concluyeron que era gay porque nunca había tenido una relación formal, y porque lubricó cuando le hablaron del coito entre hombres durante un peritaje psicológico. En una entrevista con Caretas, Sebastián Brenes ensayó: “pudo haber sido la envidia, [él] también tiene una hermana menor en el Villa María, una mamá y falta la figura paterna en ambas casas. Pero a nosotros nos veía contentos, unidos”.

Clímaco, eso sí, nunca negó ser un asesino. Según el abogado que vio su caso, Luis Felipe Cortez, cuando la policía lo capturó en el departamento del Jirón Trinitarias 100 de Surco, una de las primeras cosas que dijo fue: “No sé qué ha pasado. Si es necesario, métanme a la cárcel o mátenme. No sé por qué lo he hecho, pero yo lo he hecho”.



***

El sábado 7 de julio del 2001, alrededor de las 2 de la tarde, Ida Merino le abrió la puerta a quien horas después la dejaría en coma por varios días. Alexandra Brenes y Lilian Hague, su madre, saludaron amablemente al invitado y le ofrecieron brownies. Clímaco Basombrío había hecho lo mismo durante casi todas las tardes del último mes: visitar a su amigo Sebastián, quien aquel día acababa de confirmar su ingreso a la Universidad San Ignacio de Loyola. “Una universidad fácil”, la llamaría Clímaco después. Para unirse al festejo llegó Carlos Lescano, miembro junto a Sebastián de la banda escolar de rock ‘Canchita Serrana’. Lilian Hague salió del departamento y dijo que volvería a las 7. Se despidió de su hija por última vez.

San Juan Clímaco nació en Siria casi 600 años después de Cristo. Fue abad de un monasterio en el Monte Sinaí. Allí practicaba el ascetismo, el aislamiento voluntario del mundo y sus placeres. Su obra cumbre: La Escalera al Paraíso. En griego 'clímax' significa escalera. Clímaco, el que la sube.

Clímaco Basombrío subió junto a sus dos amigos la escalera hacia la azotea del departamento de los Brenes. Ellos cogieron los instrumentos y empezaron a tocar. Él bajó por un vaso con agua y volvió a subir. Luego bajó para tomar prestada una corbata de Sebastián. La tercera vez que lo hizo fue para llamar a su casa desde el teléfono del cuarto de Alexandra. Cuando terminó de hablar, ella le pidió que avise a la empleada. Él acató. Salió del cuarto y se quedó mirando la escalera. En uno de sus peldaños estaba el pecado. Un martillo. El boleto fuera del paraíso. Nunca se confirmó quién lo puso ahí.

La cara de Clímaco está siempre tranquila. Algo falta en su semblante. Una expresión. La única vez que una cámara lo captó sonriendo fue durante su juicio oral, en el que respondió con insolencia y sarcasmo. Aún hoy parece que la mayor parte del tiempo sólo mira al vacío. 

Aquella tarde de julio del 2001, Clímaco Basombrío martilló las cabezas de Ida Merino, Sebastián y Alexandra Brenes a ritmo de rock. Sólo la última murió. Entre Sebastián, Carlos Lescano y un serenazgo lograron neutralizarlo. Después de mucho esfuerzo, lo echaron en un puf y ya sin poder moverse–, Clímaco exclamó: “¿Qué ha pasado? ¿Qué he hecho? Mi mamá me va a matar. Yo sólo vine por una corbata”. 

Han pasado 14 años desde que comenzaron a llamarlo ‘el Loco del Martillo’. Su condena es de 20. Como su caso es demasiado mediático, le han negado hasta tres pedidos de libertad condicional. Pero Clímaco sabe que ya falta poco. Que pronto podrá volver a subir la escalera hacia alguno de esos paraísos que imagina por las noches en la oscuridad de su celda. 


En los anuarios del Colegio Santa María, debajo de las reseñas que les escriben sus amigos, los alumnos colocan una frase que quieren dejar para el recuerdo. Una frase de su propia cosecha. “Más vale tarde que nunca”, fue lo que puso Clímaco. Y hoy se lo debe seguir repitiendo: más vale tarde que nunca.

23 agosto 2013

La muerte

Eso que te dejan los viajes. 

Te he visto caminando y se me amontonaron los segundos. Por cada paso que diste, como tanteando con tus manos callosas el aire a tu alrededor, se me abrió una deuda con el tiempo. Con la existencia. Ambas formas de hablar de la muerte.

Y en el reflejo de tus ojos vi a la muerte agazapada. La escruté con paciencia, seguro de que no huiría entre las grietas cobrizas de tus pómulos, ni junto a la secreción viscosa de tus cataratas. La vi cómoda, austera y solitaria; de piernas cruzadas y mirada severa, consciente de que solo a ella no le llega ella misma.

A cada paso que diste hipotequé un poquito más de tiempo y existencia, a cambio de unos cuantos retazos más de realidad junto a esa muerte tuya, que era solo tuya y que no tenía derecho de usurpar; pero, y como suelen ocurrir siempre las cosas, cuya amistad envidié hasta que la ansiedad comenzó a desbaratarme.

Ahogándome como en un ataque de asma, retorciéndome como en un calambre de pie, vomité el arcoíris de metáforas trilladas que acababa de elaborar, sobre carreteras de un solo carril con curvas ciegas y carros ajenos en un camino finito hacia alguna parte. Hacia ese valle entre dos montañas donde el río te lleva la vida. Y es que yo siempre había pensado en vida, y tú, intachable en tu silencio, caminando despacito y con la vista perdida en ese vacío denso, me miraste con una muerte hermosa y seguiste tu camino.

Y tras el crepitar de las piedras en el río, gritándote en silencio que no me devuelvas los segundos, solo quise poder vivir con esa muerte alojada en la retina. Pero entendí, como suelen ocurrir siempre las cosas, que para eso solo habías necesitado existencia y tiempo. Y yo no los tenía. Y no es que los acabara de perder, sino que nunca supe tenerlos.